Fueron tres horas de emoción. Desde el minuto uno hasta el 180. Han pasado casi dos meses desde la muerte de Ladislao Martínez, inesperada, y ha habido que esperar un poco para tener la calma suficiente que merecía un momento como estos. Mil personas llenaron ayer el auditorio Marcelino Camacho en Madrid. Estaba su familia, sus amigos, sus compañeros en mil batallas (que en el caso de Ladis son mil batallas de verdad), sus alumnos, y la gente que algún día pasó por su lado.
“No hay espacio para el desánimo. Los pueblos libres escriben su historia”, oímos. Ladis era de los que se sentía libre y quería escribir la historia con la gente. Como compañero y amigo, como el “hombre bueno y coherente” que era. Con multitud de banderas en las manos, pero de las que no tienen colores. La bandera de la defensa de la naturaleza y del medio ambiente, la bandera de la solidaridad, la de la lucha obrera, la bandera de la defensa de lo público y del pacifismo, la bandera de las renovables.
Alguien dijo ayer que le pareció verle por la mañana en la manifestación de Podemos que llenó la Puerta del Sol. Porque estaba detrás de todas las pancartas que defendieran la dignidad. Tal vez estuvo, tal vez no. Triste, Antonio Lucena, reconocía que “ya no está entre nosotros, pero ha estado y eso se nota”.
Sus alumnos en el Instituto Villa de Vallecas, de Madrid, recordaban que “al principio parecía un tipo duro, no conocíamos su militancia ecologista y nos llamaba la atención su ritual de cada día: ‘subid las persianas y apagad la luz’. Quería que fuéramos capaces de razonar”. En Vallecas le echarán de menos y su voz seguirá resonando mucho tiempo en las aulas. “Gracias por luchar por nuestro futuro, Ladis”.
Ladis no tenía hijos. Una de sus sobrinas escribió una carta desde Canadá, donde estudia, recordando las veces en las que le decía que “nunca te daré dinero para irte de rebajas pero te ayudaré a estudiar lo que quieras”. Su tío le enseñó muchas cosas porque “predicaba con el ejemplo. No se conformaba con hablar. Salía y luchaba por las cosas en las que creía”. Por su familia también. “No he visto nunca a nadie mirando con tanto amor y respeto como Ladis a mi tía Carmen”.
Carmen Araujo, su compañera durante 30 años, subió casi al final al escenario. En ese momento todo el auditorio se puso en pie y aplaudió con las manos y con el corazón. “Recordaré a ese Ladis vital, a ese gran hombre coherente. Adiós, Ladis, siempre te querré, siempre me acompañarás”.
Esté donde esté, Ladis estará contento. Nada, ninguno de sus gestos, ninguna sonrisa han caído en saco roto. Le echaremos mucho de menos pero seguiremos marchando tras las causas y las pancartas que un día abrazamos con él.
• Hasta siempre, amigo